Vivir con miedo



Cuando era pequeña, un día volviendo a casa del colegio vi a un hombre masturbándose en su coche. El tipo, al verme, empezó a decirme cosas obscenas y yo me asusté y salí corriendo. Aquello me aterrorizó y durante días tuve pesadillas al respecto, pero jamás conté aquello en casa. Me sentía culpable. Creía que había sido mi culpa por haber regresado a casa por un camino menos transitado del habitual, por haberme fijado en aquel coche, por llevar la falda del uniforme por encima de la rodilla... Creía que si se lo contaba a mis padres me regañarían. Tenía doce años y me creía culpable de que un pervertido de cuarenta me hubiera acosado.

Con dieciocho años, el primer año de Universidad, empecé a recibir correos electrónicos inquietantes. Un tipo anónimo aseguraba estar "enamorado de mí" y me facilitaba detalles tan inquietantes como mi dirección o el lugar donde había pasado la tarde anterior. Aquello me asustó y lo hablé con algunos amigos. Tenía miedo y quería denunciarlo o, yo qué sé, zanjarlo de algún modo. Me dijeron que era normal, que era una chica guapa en una carrera mayoritariamente masculina y que debía tomármelo como un halago. Cambié mi dirección de correo electrónico, empecé a modificar algunas rutinas y vivía permanentemente pendiente de mis pasos. Afortunadamente aquello pareció calmar las aguas y el "admirador" anónimo no volvió a dar señales de vida.

Hace un año empecé a vivir sola. Una de las primeras cosas que hice fue cambiar el nombre del buzón. Cuando mi padre lo vio me dijo que lo quitara, que pusiera su nombre también o me inventara un nombre masculino para acompañarme, que era demasiado peligroso que mostrara tan abiertamente que vivía sola. Finalmente puse mi inicial y mis apellidos.

Soy mujer, tengo 29 años y he sido educada para tener miedo. No por mis padres, no por mis profesores, no por mis familiares y amigos... he sido educada para tener miedo por la sociedad. Una sociedad que recomienda a las mujeres que lleven un silbato encima para protegerse ante agresiones sexuales. Una sociedad que interpreta el acoso como un halago, que se ofende por una teta pero retransmite en streaming una decapitación, una sociedad que criminaliza a las víctimas de agresiones sexuales, que deja libres a los agresores y hasta los aplaude.

Hace poco una amiga embarazada me dijo, al saber que su futuro bebé sería un niño, que se alegraba porque así todo sería más sencillo para él, más seguro. Eso me inquietó. Nos han enseñado que ser mujer es peligroso, complicado, dificultoso. Nos han enseñado que las mujeres deben protegerse de los hombres, ser prudentes, ser discretas, ser cautelosas. Que si vestimos demasiado provocativas los hombres podrían malinterpretarnos y entonces la culpa sería nuestra, de nadie más.

Una violación es una agresión física y mental. Física porque tu cuerpo es forzado, golpeado y vejado. Mental porque te hace sentir indefensa, vulnerable y humillada, pero también porque después de la agresión viene el juicio. Legal y moral. De aquellos que piensan que algo habrás hecho para merecerlo y de aquellos que te piden que relates una y otra vez los hechos, que no te contradigas, que no olvides un detalle. De aquellos que esperan que una mujer cuya vida ha quedado marcada para siempre exponga los hechos que han causado dicho trauma de manera lógica y ordenada. De aquellos para quienes siempre serás "aquella chica a la que violaron", tu propio estigma, tu letra escarlata. Y aún nos sorprende que las mujeres no denuncien, que tengan miedo, que no se atrevan.

Educamos para que la víctima tenga miedo, pero legislamos para que el agresor no tema. Educamos a las mujeres para que se protejan, para que se oculten, para que se callen... pero no educamos a los hombres para que las respeten, para que las traten como iguales, para que entiendan que su cuerpo es suyo. Educamos para que las mujeres antepongan su seguridad a su libertad mientras por ley protegemos la libertad de los agresores y, mientras eso no cambie, nada lo hará y ser mujer seguirá siendo siempre un poco más inseguro que ser hombre, menos libre, más difícil.




3 comentarios:

JazzMan dijo...

A un hombre, cuando alguien lo denuncia por agresiones, lo encarcelan de oficio durante 48 horas. A mi mejor amigo lo encarcelaron así, aunque la supuesta víctima fue a decir que el denunciante estaba mintiendo flagrantemente.

Hay dos caras en esta moneda, la una tan cierta como la otra.

Tenemos por otro lado a los hombres que tras casarse pierden custodia, casa y sueldo tras divorciarse.
Al casarse y tener hijos el balance de poder de una relación gravita de una forma brutal hacia la mujer, y muchos hombres decentes y con conciencia (la mayoría) se ven en una prisión de la que escapar es peor que quedarse dentro. Las represalias judiciales están del lado de la mujer concediendo la casa, coche, custodia y parte del sueldo del hombre a la mujer... hasta el punto que muchos hombres pasan de casarse o se meten en acuerdos prematrimoniales.

La unica razon del abuso físico hombre-mujer es el hecho de que la genética ha hecho a los hombres más fuertes por su rol biológico tradicional, y el hecho de que los seres humanos tendemos a creernos menos animales de lo que en realidad somos, y como dijo tim minchin en "confessions".

From the first little suck of colostrum
To the grope of the nurse in the old people's hostel
We're just fucking monkeys in shoes

Que por cierto resume muy bien lo que pienso al respecto.

http://lyrics.wikia.com/Tim_Minchin:Confessions

Sara dijo...


Entiendo que, ante una denuncia por agresiones, el procedimiento es el mismo ya se trate de un hombre o de una mujer, ¿no? En casos de violencia de género me parece muy lógico y, aunque pueda haber encarcelamientos injustos, es una medida que puede salvar muchas vidas. También quiero pensar que las denuncias falsas por este tema son las mínimas, no creo que sea un asunto como para jugar con él y creo que las primeras concienciadas al respecto debemos ser las mujeres.

Respecto a las separaciones, no estás en lo cierto. La vivienda y la pensión es PARA LOS HIJOS en común de la pareja, no para el cónyuge, por lo que lo de los acuerdos prematrimoniales me parece una salida de tiesto importante. Sin acuerdo de por medio y sin hijos, pierde en el divorcio quien haya generado más bienes durante el matrimonio, que puede ser el hombre o la mujer (o es que presupones que él la mantiene a ella). Por tanto, el "beneficiario"en un divorcio con menores de por medio será quién obtenga la custodia. En lactantes es evidente que por cuestiones biológicas la custodia debe ser para la madre. No me lo puedes discutir. En lo demás decidirá el juez, basándose en criterios que desconozco. Pero en la mayoría de casos que conozco la custodia suele ser compartida. Considero que los padres deben de ser los primeros interesados en facilitar esto, por el bien de sus hijos. Pero eso ya es otro tema.

A lo que voy, de lo que trato de hablar más que de los casos extremos, es de esa pequeña violencia diaria, lícita, aceptada socialmente. De esa cultura del piropo, del machismo puritano, el de diario, el que se consiente y normaliza. De que las mujeres tenemos que ser cautelosas, cuidadosas, discretas porque cualquier llamada de atención puede atraer al depredador sexual. De ese miedo, de esa vergüenza, de esa renuncia a la libertad.

Trescatorce dijo...

Completamente de acuerdo contigo (y ya van dos de dos), pero me gustaría hacer un apunte a tu reflexión.
Estoy de acuerdo en que la sociedad educa a las mujeres para tener cuidado, para que no las violen, pero no educa a los hombres para no violarlas. Y culpabiliza a la víctima, en el caso de que sea una mujer recatada, pero si encima eres una mujer de las que llaman "liberadas", que vive su vida independientemente, y con su vida, su sexualidad, entonces ya no es que sea culpable, es que encima se lo ha buscado.
En mi trabajo hubo un caso (que yo sepa), de acoso sexual. Cuando lo comenté con otra compañera tuve que escuchar que: "Si no quería que la acosaran que no se hubiera vestido así". ¡De otra mujer! Que no hay empatía ni entre nosotras.
Yo tengo una hija, y desde luego la estoy educando para que sepa que nadie tiene derecho a decirle nada que le haga sentir incómoda, por muy piropo inocente que sea. Particularmente tengo tolerancia cero con este tema.
¡Besotes!